Así, cuando Andrea lloraba, comenzaba a hervir de fiebre. Y cuando reía, sus lágrimas se evaporaban, como los ínfimos charcos de tristeza que eran. Porque su Sol, como todo en la naturaleza, se auto-regulaba. Sus estados de ánimo, que al ojo inexperto parecían fluctuar sin razón, en realidad no eran sino ciclos perfectamente lógicos de sus estaciones internas. Y esta era, quizás, la verdadera causa de su dificultad para relacionarse con la gente "normal".
Hasta que conoció a Mariano.
Mariano se enamoró de ella apenas la conoció. Comenzó a frecuentarla cada vez más seguido, aprendiendo a acercarse o alejarse de ella, según sus estados de ánimo fluctuaban. Y a ella le pareció perfectamente natural su intermitente compañía. Andrea sabía que aunque no estuviera a su lado, Mariano iba a aparecer cuando ella lo necesitara, pero nunca antes de que su fuego interior hiciera peligrar su relación. Y había una muy buena razón para que las cosas se dieran así: Mariano tenía un planeta viviendo adentro suyo.
Y así crearon sus propios años, verdaderas temporadas de risas y tristezas, lágrimas y carcajadas. Acercamientos y alojamientos. Hasta que Nora entró en escena.
Nora era una de esas mujeres calladas, pero impactantes. De las que no necesitan ametrallar con palabras a un grupo de personas para ganarse su atención. Su sola presencia bastaba para liderar la reunión. Porque Nora había nacido con una pálida y misteriosa Luna en su interior. Y todos sabemos que la Luna es una cruel amante.
Nora orbitó alrededor de Mariano durante mucho tiempo, hasta aquella fatídica noche en que finalmente eclipsó a Andrea. Desde ese momento, la órbita de Mariano comenzó a hacerse cada vez más irregular, alejándose por períodos cada vez más largos de Andrea. Esto, desde luego, produjo que los períodos de calma y furia de la estrella interior dejaran de coincidir con las visitas del planeta. Eventualmente, las intensas llamaradas de furia y tristeza de Andrea terminaron por quemar todo resto de amor entre los dos.
Y una noche, Mariano no volvió.
El ciclo natural del Sol de Andrea, alterado, comenzó a volverse peligroso, incluso para el frágil cuerpo que la contenía. La temperatura interna de Andrea aumentó a niveles inusitados. No ha habido fiebre en la historia de la biología humana comparable al caos producido por la fricción entre los miles de sentimientos encontrados. Odio, furia, depresión, miedo, pena, rencor, esperanza. Todo se sucedía en intervalos cada vez más vertiginosos, preparándose para entrar en supernova.
La encontraron sola, encerrada en su departamento. Los medios hablaron de suicidio a lo bonzo, a pesar de la falta de productos inflamables en el lugar. Sólo unos pocos supersticiosos dieron en el clavo, al hablar de combustión espontánea.

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