3 de diciembre de 2015

La fábrica de pesadillas.



Esta vez traigo algo nuevo. Algo que nunca había intentado. Un cuento infantil. Para todas las edades. A ver cómo salió:



En un lugar, adentro de nuestras cabezas, existen las fábricas de pesadillas.
Las fábricas de pesadillas limitan al norte con las fábricas de sueños, al este con la imaginación y al oeste con los sentimientos. La producción, como en toda fábrica, depende de que le lleguen materiales para poder producir. Y la fábrica en la cabeza de Joaquín estaba por tener un importante aumento en la cantidad de pedidos. Porque Joaquín estaba creciendo. Y crecer siempre da miedo.

El Pájaro era un empleado bastante bueno. No tanto como La Caída, que se la pasaba de reunión en reunión por distintas cabezas de todas las edades y en todo el mundo, pero muchísimo mejor que el tonto de El Gato, que no asustaba ni a las moscas. Y eso que las moscas tenían motivos de sobra para tener pesadillas con El Gato.
Al Pájaro le gustaba mucho disfrazarse de un enorme cuervo, negro como el vacío interestelar, pero con ojos de fuego y cuerpo de humano. A veces se ponía manos, con dedos blancos y delgados como gusanos. Pero sus favoritas eran unas garras de águila, con horrendas escamas color oro y filosas púas curvas en lugar de uñas. El Pájaro disfrutaba de su trabajo. Lo hacía con pasión. Con convicción. Y con jabón, porque se bañaba todos los días. Algunos de los mejores trabajos que había hecho incluían "¡Mamá, mamá! ¡Un pájaro me quiso comer los ojos!", "¡Papi! ¿Puedo dormir en la cama grande?" y el inolvidable "¡Me salieron unos gorriones volando de la boca!", que tanto hacía reír a los creadores de sueños feos.
Y aunque no fuese el mejor creador de sustos, sí era uno de los más destacados. Una noche, por ejemplo, encontró un montón de recuerdos de una visita a una feria de mascotas. La competencia, los Fabricantes de Sueños, estaban muy ocupados creando historias sobre tiernos perritos cachorros, esponjosos gatitos bebés y asombrosos peces de colores que formaban un arco iris de escamas, bailando en las juguetonas aguas de peceras grandes como una escuela. Ese sueño era una auténtica pesadilla para los creadores de pesadillas. Y entonces El Pájaro descubrió algo que sus contrincantes no estaban mostrando. Algo que el Niño prefería olvidar: las jaulas. Esas jaulas hechas de alambres pintados de colores feos, con olor a pis y a semillas. Esas jaulas... llenas de pájaros. Y picos. Y plumas. Y ruidos... Y pájaros.
Su miedo favorito.
El Pájaro se divirtió de lo lindo esa semana: una noche hizo soñar que las jaulas estaban vivas, y buscaban atrapar al Niño. Otra noche, que las exóticas aves escapaban y lo perseguían. Y hasta llegó a trabajar en conjunto con La Caída, creando una maravillosa pesadilla en la que un cardenal atrapaba al Niño con sus filosas garras, y tras levantar vuelo más allá de las nubes lo soltaba, haciéndolo caer más rápido que un meteorito.
Ése había sido, definitivamente, el punto más alto de su carrera profesional. Hasta ahora. Pensaba superarse apenas tuviera el material adecuado. Todo lo que necesitaba era que Joaquín volviera a pensar en pájaros.
Pero el tiempo pasó. Seguía habiendo trabajo para La Caída, para Diente Se Sale y para Sin Mamá Ni Papá, pero hasta ellos trabajaban menos cada noche.
Y entonces llegó el comunicado de la Gerencia de la Fábrica.: "Lamentamos anunciar que debido a la baja en la producción de pesadillas que todos conocen, nos hemos visto obligados a reducir el personal. Se evaluará el desempeño de los empleados en los últimos años. Aquellos que hayan sido más recurrentes tendrán asegurado su puesto. Los demás serán despedidos".
De más está decir que los ánimos entre los Creadores de Pesadillas eran tanto o más sombríos que aquellas pesadillas que ellos ideaban. Y la situación empeoró cuando se fueron los primeros empleados. La Tía Norma, por ejemplo. Años atrás había asustado a Joaquín con su voz ronca, su olor extraño y aquella lámpara antigua que al tocarla podía convertirte en sapo. Pero la Tía Norma (la de verdad, no la de la Fábrica de pesadillas) le había regalado a Joaquín una bicicleta, como premio por haber terminado el jardín, y después de eso, La Tía Norma (ahora sí la de las pesadillas) se había quedado sin material. Porque cada recuerdo de Norma se relacionaba directamente con la bicicleta. Y Joaquín se ponía contento, lo que arruinaba la producción de sueños feos por una semana.
Algo de eso hablaron El Pájaro y Norma, preocupados, durante la hora del almuerzo. Pero Pájaro le dijo que no era para tanto. Un nuevo cumpleaños se acercaba. Y los regalos de la Tía, salvando la bici, solían ser bastante decepcionantes. Y las decepciones eran un excelente material para volver a confeccionar pesadillas. Así que cruzaron los dedos, esperando con ansias la fiesta.
Y el día llegó. Los globos, los adornos y la música comenzó a inundar todos los rincones de la cabeza de Joaquín. Y El Pájaro observó atento cómo cada regalo era despojado de su envoltorio, revelando juguetes de todas formas y colores. Hasta que Norma le acercó el suyo. El paquete era rectangular, duro, demasiado chico para ser un muñeco de sus super heroes favoritos, demasiado grande para tratarse de un par de medias. Por un momento el creador de pesadillas tuvo miedo. Pero suspiró aliviado al ver que se trataba de un libro. ¡Y no cualquier libro!  La tapa estaba llena de fotos de... ¡pájaros! Se podía sentir el miedo inundando la cabeza de Joaquín.
Y entonces la Tía Norma se convirtió en una pesadilla para el propio creador de pesadillas.
Porque la Tía se sentó con Joaquín en un sillón y le empezó a hablar de los miedos. Y de cómo no había que dejarse llevar por ellos. Le dijo que la vida es demasiado hermosa y complicada como para andar por ahí temiéndole a los pájaros, los perros o los monstruos imaginarios. Y que él no tenía que tener miedo, porque tenía un montón de gente que lo quería mucho, ya fueran su papá, su mamá, sus abuelos o sus amigos. "La vida, Joaquín, es movimiento. Es una aventura que se vive día a día. Y el miedo es inmovilidad, es lo que te impide avanzar, crecer, ser alguien mejor. Por eso tenés que enfrentar tus miedos. Y ojo, porque ser valiente no es no tenerle miedo a nada. Todos le tenemos miedo a algo. Ser valiente es no dejar que ese miedo te impida avanzar.", le dijo. Y se pusieron a leer juntos el libro de las aves.
Después de aquella charla, los trabajadores de la Fábrica de pesadillas tuvieron nuevos problemas. Nuevos compañeros de trabajo, mucho más eficientes que esos pobres sueños infantiles. Como Escribir-es-muy-difícil, Ausencias y Ridículo.
No pasó mucho tiempo para que El Pájaro se quedara sin trabajo. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿De qué podía trabajar un creador de pesadillas, si su niño ahora amaba aquello con lo que él sabía asustarlo? Aquel era su peor miedo hecho realidad.

Y entonces recordó las palabras que la Tía Norma le había dicho a Joaquín. Aquellas palabras que lo habían llevado a la ruina. Que debía enfrentarse a sus miedos, no dejar que lo detuviesen. Y El Pájaro tuvo una idea brillante.
Llenó un enorme cuaderno con algunas de sus ideas más inverosímiles. Pensó en todo aquello que tenía prohibido hacer en su antiguo trabajo, y las ideas comenzaron a correr más rápido que un conejo blanco y esponjoso por su mente.
Y se dirigió a la Fábrica de Sueños.
Los proyectos que tenía pensados llamaron de inmediato la atención de los Creadores de Sueños. Y realmente necesitaban nuevas ideas para alegrar las noches de Joaquín, quien estaba atravesando una etapa de muchos cambios. Y decidieron darle una oportunidad.
Aquella noche Joaquín soñó que se convertía en un gorrión. Y volaba alto. Muy alto. Más allá del techo de su casa.  Y de las nubes. Y aún más lejos. Por sobre la ciudad y los bosques y los mares. Y sus amigos también eran pájaros. Y volaban juntos, con el viento soplando en su cara, acariciando con ternura debajo de sus alas. Y nada ni nadie podía lastimarlo, ni reírse de él. Y soñó con aquel libro que su tía le había leído. El Libro de los Pájaros..
A la mañana siguiente, Joaquín se despertó hecho una campanita. Corría y saltaba por toda la casa diciendo "¡Miren! ¡Miren! ¡Soy un pájaro! ¡Y no le tengo miedo a nada!" Dentro de su cabeza, los Creadores de Sueños sonrieron. La felicidad del niño les daría un montón de material nuevo para trabajar por mucho, mucho tiempo.

Y gracias a eso, nuestro amigo El Pájaro tuvo trabajo por el resto de su vida. 



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