Esta vez traigo algo nuevo. Algo que nunca había intentado. Un cuento infantil. Para todas las edades. A ver cómo salió:
En un lugar, adentro de nuestras cabezas, existen las
fábricas de pesadillas.
Las fábricas de pesadillas limitan al norte con las fábricas
de sueños, al este con la imaginación y al oeste con los sentimientos. La
producción, como en toda fábrica, depende de que le lleguen materiales para
poder producir. Y la fábrica en la cabeza de Joaquín estaba por tener un
importante aumento en la cantidad de pedidos. Porque Joaquín estaba creciendo.
Y crecer siempre da miedo.
El Pájaro era un empleado bastante bueno. No tanto como La
Caída, que se la pasaba de reunión en reunión por distintas cabezas de todas
las edades y en todo el mundo, pero muchísimo mejor que el tonto de El Gato,
que no asustaba ni a las moscas. Y eso que las moscas tenían motivos de sobra
para tener pesadillas con El Gato.
Al Pájaro le gustaba mucho disfrazarse de un enorme cuervo,
negro como el vacío interestelar, pero con ojos de fuego y cuerpo de humano. A
veces se ponía manos, con dedos blancos y delgados como gusanos. Pero sus
favoritas eran unas garras de águila, con horrendas escamas color oro y filosas
púas curvas en lugar de uñas. El Pájaro disfrutaba de su trabajo. Lo hacía con
pasión. Con convicción. Y con jabón, porque se bañaba todos los días. Algunos
de los mejores trabajos que había hecho incluían "¡Mamá, mamá! ¡Un pájaro
me quiso comer los ojos!", "¡Papi! ¿Puedo dormir en la cama
grande?" y el inolvidable "¡Me salieron unos gorriones volando de la
boca!", que tanto hacía reír a los creadores de sueños feos.
Y aunque no fuese el mejor creador de sustos, sí era uno de
los más destacados. Una noche, por ejemplo, encontró un montón de recuerdos de
una visita a una feria de mascotas. La competencia, los Fabricantes de Sueños,
estaban muy ocupados creando historias sobre tiernos perritos cachorros,
esponjosos gatitos bebés y asombrosos peces de colores que formaban un arco
iris de escamas, bailando en las juguetonas aguas de peceras grandes como una
escuela. Ese sueño era una auténtica pesadilla para los creadores de
pesadillas. Y entonces El Pájaro descubrió algo que sus contrincantes no
estaban mostrando. Algo que el Niño prefería olvidar: las jaulas. Esas jaulas
hechas de alambres pintados de colores feos, con olor a pis y a semillas. Esas
jaulas... llenas de pájaros. Y picos. Y plumas. Y ruidos... Y pájaros.
Su miedo favorito.
El Pájaro se divirtió de lo lindo esa semana: una noche hizo
soñar que las jaulas estaban vivas, y buscaban atrapar al Niño. Otra noche, que
las exóticas aves escapaban y lo perseguían. Y hasta llegó a trabajar en
conjunto con La Caída, creando una maravillosa pesadilla en la que un cardenal
atrapaba al Niño con sus filosas garras, y tras levantar vuelo más allá de las
nubes lo soltaba, haciéndolo caer más rápido que un meteorito.
Ése había sido, definitivamente, el punto más alto de su
carrera profesional. Hasta ahora. Pensaba superarse apenas tuviera el material
adecuado. Todo lo que necesitaba era que Joaquín volviera a pensar en pájaros.
Pero el tiempo pasó. Seguía habiendo trabajo para La Caída,
para Diente Se Sale y para Sin Mamá Ni Papá, pero hasta ellos trabajaban menos
cada noche.
Y entonces llegó el comunicado de la Gerencia de la
Fábrica.: "Lamentamos anunciar que debido a la baja en la producción de
pesadillas que todos conocen, nos hemos visto obligados a reducir el personal.
Se evaluará el desempeño de los empleados en los últimos años. Aquellos que
hayan sido más recurrentes tendrán asegurado su puesto. Los demás serán
despedidos".
De más está decir que los ánimos entre los Creadores de
Pesadillas eran tanto o más sombríos que aquellas pesadillas que ellos ideaban.
Y la situación empeoró cuando se fueron los primeros empleados. La Tía Norma,
por ejemplo. Años atrás había asustado a Joaquín con su voz ronca, su olor
extraño y aquella lámpara antigua que al tocarla podía convertirte en sapo.
Pero la Tía Norma (la de verdad, no la de la Fábrica de pesadillas) le había
regalado a Joaquín una bicicleta, como premio por haber terminado el jardín, y
después de eso, La Tía Norma (ahora sí la de las pesadillas) se había quedado
sin material. Porque cada recuerdo de Norma se relacionaba directamente con la
bicicleta. Y Joaquín se ponía contento, lo que arruinaba la producción de
sueños feos por una semana.
Algo de eso hablaron El Pájaro y Norma, preocupados, durante
la hora del almuerzo. Pero Pájaro le dijo que no era para tanto. Un nuevo
cumpleaños se acercaba. Y los regalos de la Tía, salvando la bici, solían ser
bastante decepcionantes. Y las decepciones eran un excelente material para
volver a confeccionar pesadillas. Así que cruzaron los dedos, esperando con
ansias la fiesta.
Y el día llegó. Los globos, los adornos y la música comenzó
a inundar todos los rincones de la cabeza de Joaquín. Y El Pájaro observó
atento cómo cada regalo era despojado de su envoltorio, revelando juguetes de
todas formas y colores. Hasta que Norma le acercó el suyo. El paquete era
rectangular, duro, demasiado chico para ser un muñeco de sus super heroes
favoritos, demasiado grande para tratarse de un par de medias. Por un momento
el creador de pesadillas tuvo miedo. Pero suspiró aliviado al ver que se trataba
de un libro. ¡Y no cualquier libro! La
tapa estaba llena de fotos de... ¡pájaros! Se podía sentir el miedo inundando
la cabeza de Joaquín.
Y entonces la Tía Norma se convirtió en una pesadilla para
el propio creador de pesadillas.
Porque la Tía se sentó con Joaquín en un sillón y le empezó
a hablar de los miedos. Y de cómo no había que dejarse llevar por ellos. Le
dijo que la vida es demasiado hermosa y complicada como para andar por ahí
temiéndole a los pájaros, los perros o los monstruos imaginarios. Y que él no
tenía que tener miedo, porque tenía un montón de gente que lo quería mucho, ya
fueran su papá, su mamá, sus abuelos o sus amigos. "La vida, Joaquín, es
movimiento. Es una aventura que se vive día a día. Y el miedo es inmovilidad,
es lo que te impide avanzar, crecer, ser alguien mejor. Por eso tenés que
enfrentar tus miedos. Y ojo, porque ser valiente no es no tenerle miedo a nada.
Todos le tenemos miedo a algo. Ser valiente es no dejar que ese miedo te impida
avanzar.", le dijo. Y se pusieron a leer juntos el libro de las aves.
Después de aquella charla, los trabajadores de la Fábrica de
pesadillas tuvieron nuevos problemas. Nuevos compañeros de trabajo, mucho más
eficientes que esos pobres sueños infantiles. Como Escribir-es-muy-difícil,
Ausencias y Ridículo.
No pasó mucho tiempo para que El Pájaro se quedara sin
trabajo. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿De qué podía trabajar un creador de
pesadillas, si su niño ahora amaba aquello con lo que él sabía asustarlo? Aquel
era su peor miedo hecho realidad.
Y entonces recordó las palabras que la Tía Norma le había
dicho a Joaquín. Aquellas palabras que lo habían llevado a la ruina. Que debía
enfrentarse a sus miedos, no dejar que lo detuviesen. Y El Pájaro tuvo una idea
brillante.
Llenó un enorme cuaderno con algunas de sus ideas más
inverosímiles. Pensó en todo aquello que tenía prohibido hacer en su antiguo
trabajo, y las ideas comenzaron a correr más rápido que un conejo blanco y
esponjoso por su mente.
Y se dirigió a la Fábrica de Sueños.
Los proyectos que tenía pensados llamaron de inmediato la
atención de los Creadores de Sueños. Y realmente necesitaban nuevas ideas para
alegrar las noches de Joaquín, quien estaba atravesando una etapa de muchos
cambios. Y decidieron darle una oportunidad.
Aquella noche Joaquín soñó que se convertía en un gorrión. Y
volaba alto. Muy alto. Más allá del techo de su casa. Y de las nubes. Y aún más lejos. Por sobre la
ciudad y los bosques y los mares. Y sus amigos también eran pájaros. Y volaban
juntos, con el viento soplando en su cara, acariciando con ternura debajo de
sus alas. Y nada ni nadie podía lastimarlo, ni reírse de él. Y soñó con aquel
libro que su tía le había leído. El Libro de los Pájaros..
A la mañana siguiente, Joaquín se despertó hecho una
campanita. Corría y saltaba por toda la casa diciendo "¡Miren! ¡Miren!
¡Soy un pájaro! ¡Y no le tengo miedo a nada!" Dentro de su cabeza, los
Creadores de Sueños sonrieron. La felicidad del niño les daría un montón de
material nuevo para trabajar por mucho, mucho tiempo.
Y gracias a eso, nuestro amigo El Pájaro tuvo trabajo por el
resto de su vida.

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