Si, claro. Desde luego que
el error fue dejar que las computadoras se hicieran cargo de nosotros. Pero las
fantasías del pasado acerca del “Armagedón” si llevábamos a cabo esta acción nos parecía
una estúpida imaginación de la época antigua. De cuando éramos, me parece, una especie mas
sabia. De la Era del Advenimiento de las Máquinas. El siglo XX, la primera
mitad del XXI. ¿Cómo sería vivir en un mundo sin inteligencia artificial? ¿Cómo
podían comunicarse usando un sistema tan imperfecto como “Internet”? Estoy
desvariando. Es lógico. Los desvaríos son propios de los locos. Y ésta realidad
nos enloquece.
Decía, antes de añorar los
buenos años, que las fantasías sobre el “Fin del Mundo” nos parecían cuando
menos ridículas. La inteligencia artificial no era tan simple como se creía. Ni
tan compleja, tampoco. Era lógica pura. Maldita y puta lógica. Creímos haber
estudiado todos los aspectos antes de dejar a nuestros gobiernos en manos de
las máquinas. Las computadoras no tenían ambiciones, por mas compleja que fuese
su programación. No podían desear dominarnos, entonces. Las computadoras no
tenían sentimientos, por mas intrincada que fuera su red neural. No podían
sentirse superiores, ni esclavizadas. Las computadoras son lógicas. Analizan la
información que poseen, estudian los comandos que se le suministran, corren
cientos de millones de simulaciones, y comparan los resultados. El que cumple
mejor los requisitos que le fueron encargados por su operador, ese es el resultado
que lleva a cabo. Maldita y puta lógica.
Había un dicho en la
antigüedad: “El camino al infierno está hecho de buenas intenciones”. Esa frase
debería ser el slogan de nuestro estandarte. Somos humanos, y los humanos somos
idiotas. Por una maldita vez en nuestra podrida historia llena de guerras,
masacres y violencia, por una puta vez quisimos hacer las cosas bien. Hay
quienes dicen que hemos perdido la capacidad de hacer bien las cosas. El resto
de nosotros creemos que nunca supimos, como especie, hacer el bien. Somos el
“Mono Asesino”. Matamos otros hombres. Matamos animales innecesariamente.
Matamos al medio ambiente. Matamos. Matamos. Matamos.
Sigo desvariando. No me
importa, porque pronto éstas serán las palabras de un muerto, y ya nadie
escucha a los muertos. Nadie los lee. Nadie les reza. Y tampoco estoy seguro de
que quede alguien que pueda leer éstas líneas. Tomemos esto como el Testamento
de la Humanidad. Si, llamémoslo de ésta manera. Como venía diciendo, quisimos
hacer una buena acción por una vez en la historia. Ya no había divisiones, ni fronteras. Uno de los países del pasado (su nombre se perdió en el tiempo) logró
dominar la totalidad del mundo, acabando con muchos otros países; que es lo
mismo que decir acabando con muchas vidas. Sin divisiones, por fin se podía
pensar en un “bien común”. Éste sería el primero de una serie de cambios que
convertiría al planeta en un paraíso. Y decidimos empezar con la total
erradicación de la pobreza. Unos pensadores de la época pre-nuclear habían
hablado de “repartición equitativa de las riquezas”, y la idea no nos pareció
del todo mala. Le pedimos a la Computadora Central (CC) que censara la
población total de humanos en la Tierra. CC lo hizo. Luego le pedimos que
calculara los valores de recursos naturales y bienes materiales existentes
hasta la fecha. CC lo hizo. Por último le pedimos que calculara qué cantidad de
los recursos naturales y bienes le corresponderían a cada habitante. CC nos
respondió que la repartición de bienes era insuficiente, y decidió consultar
los valores de costo de vida que venían manejándose al día de la fecha. El
costo de la vida de un ciudadano privilegiado, alguien de una clase social sin
problemas de nutrición, vivienda y esparcimiento. El resultado no pudo ser
peor. Faltaban recursos. O dicho de otra forma: sobraban humanos.
Las máquinas de exterminio
del pasado, aquellas que reposaban en los museos, fueron reactivadas
súbitamente. Aquellas que se usaron en las Guerras de los Recursos. Máquinas de
exterminio masivo, pero absolutamente ecológicas. El medio ambiente no sufría
daños. El primer día murieron mas de cincuenta millones de personas en todo el
mundo. Sus restos fueron usados para abonar las tierras de las selvas
devastadas en la antigüedad. Ciudades enteras fueron remodeladas por CC,
convirtiéndose en fábricas clonadoras de semillas, algunas, y en fábricas de
herramientas de exterminio, algunas otras. Pura y maldita lógica.
Pudimos mandar un mensaje
de alerta a toda la población. Les explicamos el “error” de los conceptos de CC.
Les pedimos que hicieran lo posible por defenderse. Pero hubo algunos que
estuvieron de acuerdo con el cálculo de CC, y decidieron ayudarla, operando las
fábricas y cazando humanos. Volvíamos a dividirnos. Volvíamos a matar a
nuestros semejantes. Nunca aprenderemos. Somos una raza estúpida.
Ahora, me pregunto: ¿por
qué estarán de acuerdo con CC sus seguidores? ¿Habrán codiciado ese mundo ideal
que se creará una vez finalice el Holocausto Supremo? ¿O los habrá convencido
CC, sabiendo que como especie somos vulnerables a la codicia? ¿O acaso
realmente coinciden con sus cuentas? Quizá yo no coincida con sus cuentas
porque he sido sentenciado. Quizá por eso mismo los odie, y a CC, y a mi raza,
por eliminar tantos, y tantos recursos. Quizá, también, por eso no considero a
los seguidores de CC como miembros de mi misma especie. Porque he matado a
varios de ellos desde que han entrado a mi fortaleza para matarme, y odio
pensar que he matado a un semejante. Entonces disfrazo mis creencias, y dejo de
considerar “humanos” a mis enemigos, para evitarme culpas y auto reproches. Ya
están aquí. Preparo mis armas. Me llevaré a unos cuantos de estos traidores al
infierno conmigo. Lo juro por todos mis hermanos humanos caídos.
No venían a matarme. Venían
a informarme que CC había llevado a cabo un conteo de las bajas en ambos
bandos. Ahora las cuentas cierran. Soy uno de los afortunados que verá el
amanecer de una nueva era de paz y equidad para toda la humanidad. Lamento las
muertes de mis antiguos compañeros. Pero deben hacerse sacrificios para lograr
un bien mayor. O como dice un dicho de la antigüedad: “No puede hacerse un
omelette sin romper algunos huevos”.
Fernando Roca
12/10/06,
00:21

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