21 de diciembre de 2015

Juegos



Marcos había encontrado el trabajo de sus sueños. Después de pasar por una interminable e intermitente lista de trabajos sin futuro, por fin le estaban pagando por hacer lo que más le gustaba: jugar video juegos. El puesto de beta tester lo había encontrado de casualidad, buscando opciones en las páginas menos convencionales de la deep web, o Internet Oculta. Allí donde es posible encontrar clasificados de rubros más tradicionales, como el que él había encontrado, o de gente ofreciendo sus servicios como sicario. 
Las tareas a desempeñar eran bastante sencillas: luego de registrarse y especificar qué tipos de juegos eran sus favoritos, se lo ingresaba en una base de datos. Cuando una compañía tenía algún juego dentro de las categorías que él había marcado, le enviaban un link para bajar el archivo con la versión de prueba del juego. Generalmente se trataba de un par de niveles aún sin terminar, por lo que los gráficos solían tener una calidad bastante inferior al producto terminado.
Marcos se había inscripto en varias categorías, pero sus favoritas eran Acción, Rol y Survival Horror. El primero porque disfrutaba de los disparos y la adrenalina, el segundo porque los juegos dentro de aquella categoría solían tener buenas historias y el último porque, francamente, le hacía sentir que en caso de un apocalipsis zombie, o de caer en un pueblo embrujado, él tenía los elementos para salir ileso de la situación.
Ya hacía dos meses que estaba dedicándose a ésta tarea. Y sin importar que su madre o sus amigos le dijeran que aquello era una pérdida de tiempo, que aprovechara a estudiar, salir y buscar pareja, lo cierto es que Marcos apenas salía de su departamento. Porque aquel trabajo pagaba en dólares. Y porque le pagaban por hacer lo que él hacía cuando no estaba trabajando.
Una noche recibió un mail algo distinto a los habituales. Estuvo a punto de eliminarlo, pensando que era un correo no deseado. Pero el remitente decía ser Hideo Nagai, el innovador diseñador de juegos y director de Zonawi, una de las compañías más famosas de la industria. Y el asunto se titulaba "Silent Hospital 2". Nunca había escuchado o leído que Silent Hospital fuera a tener una secuela. Y eso que tenía alertas de noticias configuradas en Google sobre el tema. Porque si había un juego que le había fascinado, al punto de obsesionarse, había sido aquel título.
El primer Silent Hospital había sido una verdadera pesadilla. Ambientado en un hospital psiquiátrico abandonado, con un protagonista que despertaba sin saber cómo había llegado allí y revelaciones ambivalentes sobre lo que estaba sucediendo, la historia era un manojo de clichés del género de horror. Sin embargo, las constantes vueltas de tuerca, el uso ingenioso de los recursos de hardware y la claustrofóbica atmósfera, lo habían convertido en un verdadero clásico moderno. Y en un favorito personal para Marcos, quien se preguntaba si realmente era una buena idea expandir el tenebroso universo establecido en la primera entrega. Sin dudarlo, comenzó a descargar el archivo. La descarga se produjo a una velocidad sin precedentes, casi como si el archivo estuviera ansioso por instalarse.
Una vez instalado, comenzó a jugarlo.
Asi, las resquebrajadas paredes del manicomio y los sucios pasillos se hicieron presentes en su pantalla. Lo primero que le llamó la atención fue la ausencia de música, o sonido alguno. ¿Sería debido a que se trataba de un trabajo en progreso, o era parte de la atmósfera que deseaban crear. Esperaba que fuese lo primero, porque un juego sin sonido le pareció una idea muy perezosa. Anotó eso en un cuaderno que usaba para evaluar los proyectos que le llegaban.
Caminó por el hall de entrada.. Una silla con manchas marrones lo observaba desde un rincón. ¿Qué eran esas manchas? ¿Sangre? ¿Óxido? ¿Bilis? La imagen dejaba bastante que desear. Anotó eso, también.
Llegó al final del pasillo. El papel de las paredes tenía dibujos infantiles. Un niño, hecho con líneas gruesas, como de crayón. Y algo que podía ser un perro, o un cerdo. Con una cabeza entre sus dientes. La cabeza estaba muy bien dibujada, era casi hiperrealista. Había auténtica desesperación en sus ojos. Y dolor. Eso le gustó. Tomó nota.
A su derecha había una puerta. Era una de aquellas viejas puertas de madera laqueada, con cuadrados esculpidos en relieve. Sólo que algunos de estos cuadrados eran de madera, mientras que otros estaban formados por torsos amputados. El picaporte era un dedo verdoso, con una uña larga y amarillenta. Escabroso, interesante. No necesitaba anotarlo, lo iba a recordar.
La puerta se abrió con un chirrido. El primer sonido que el juego había emitido. Lo que le llamó la atención era que había sonado como si hubiera sido la entrada de su departamento la que se hubiese abierto. Hasta estuvo tentado a pausar la partida para ir a fijarse. Pero lo descartó. Ese sentimiento de temor absurdo al que los juegos de survival horror lo inducían era lo que más le gustaba de ese género. Era una sensación tan potente y primitiva que podía imaginar que existieran seres de las sombras capaces de alimentarse de ella.
Cruzó el umbral, hacia la recepción. La pantalla se puso en negro. Al menos por diez segundos. Eso arruinaba el clima. Ni siquiera el hecho de que mientras cargaba la siguiente escena el negro alternara con un rojo sangre de manera tan gradual que era casi imperceptible ayudaba a mantener el ritmo de la historia.
Y entonces la imagen volvió. Aunque no era el hospital lo que se mostraba en ella, sino su propia habitación. Y a él sentado frente al monitor, joystick en mano, sentado al borde de la cama. Aquel era un uso novedoso para la realidad aumentada. "Interesante", pensó. "Usan la cámara de la computadora para dar la sensación de estar dentro de la historia. Raro, pero innovador. Como suele ser Hideo Nagai".
Una vez más, la pantalla volvió a oscurecerse. Y la sala de recepción del dilapidado nosocomio apareció. Había un cuerpo de espaldas, en el piso. Tenía un viejo revolver calibre 38 en la mano derecha. Y un agujero negro en la nuca. Reconoció la identidad del cadáver por su distintivo uniforme. Era Jennifer, la hermosa enfermera que había ayudado al protagonista del primer juego. Ahora sabía qué había sido de ella luego de haberla dejado atrás, al final de la entrega anterior. "¡Pobre chica!", pensó Marcos, con un inusitado dejo de empatía.
Compasión. Otra emoción tan fuerte como para poder alimentarse de ella.
Rodeó el cuerpo y examinó el que había sido el escritorio de la recepcionista . Entre las lapiceras y los papeles humedecidos se encontraba una extraña esfera color rojo intenso. Decidió tocarla. Y la pantalla volvió a alternar entre el rojo y el negro. Veinte segundos más tarde, volvió a verse reflejado en el juego. Ahora veía un conejo de peluche color marrón todo descosido tirado en un borde de la cama, a un palmo de donde él se encontraba. Por puro instinto, giró su cabeza, buscando al muñeco en su cuarto. Y se sintió un tonto al hacerlo.
La imagen desapareció de la pantalla una vez más y el juego volvió a la decrépita y ruinosa normalidad.
Su personaje se encontraba ahora en el pabellón pediátrico. Las baldosas tenían números dibujados con sangre. Alguien había hecho la más asquerosa parodia de una rayuela. Y al final del tablero, en donde debía decir "Cielo", había una caja de hierro oxidado con algo encima que a la distancia no se podía distinguir qué era. Marcos se paró sobre el número uno y avanzó a los saltos, respetando las reglas del juego infantil. Bajó la mirada al llegar al número nueve. Lo que había sobre la caja era un órgano. Probablemente un hígado o alguna glándula. No era muy bueno en anatomía. Corrió el trozo de víscera. Abrió la caja. Era el peluche que había visto un rato antes sobre su cama. Lo tomó. La pantalla se puso en negro y carmesí, de nuevo.
Ésta vez el conejo se encontraba de pie, a su lado. Saltaba en una manera tragicómica. Lo extraño era que podía oír los resortes de su colchón rechinando. Una vez más miró hacia allí  y sólo encontró el borde de la cama, naturalmente. Al volver a fijar sus ojos en la pantalla, alcanzó a ver, por medio segundo, algo que había estado detrás de su imagen en el monitor. Le pareció que era Jennifer, la enfermera. El pulso se le aceleró. Comenzó a respirar por la boca, agitado. Estaba empezando a asustarse. "¡Que buen juego!", pensó. Y la pantalla se tiñó de rojo, como si fuese una antigua fotografía sacada con un rollo velado.
Seguía apareciendo él, pero su entorno había cambiado. En lugar de la seguridad de su cuarto, se veía a sí mismo sentado en una de las camas sucias y rotas del hospital. A su izquierda seguía estando el conejo de peluche. A su derecha, un soporte para sueros, todo retorcido y con el cromado saltado, como si lo hubieran usado para golpear algo. O a alguien.
Jennifer volvió a aparecer, a unos diez pasos detrás suyo. Sólo fue un vistazo fugaz. Luego reapareció, por otro medio segundo, a ocho pasos. Seis pasos. Y volvió a esfumarse. Miró hacia atrás, asustado. "¿Cómo pueden filmarme, si la cámara está desconectada?", pensó Marcos en su último momento de lucidez. Volvió a mirar hacia adelante, y la pantalla estaba toda roja. La enfermera apareció en su cuarto, frente a él, avalanzandose sobre su cuerpo. Las manos como garras, la cara una pixelada mueca de odio sobrenatural. Su grito de furia fue lo último que escuchó, antes de que el corazón le estallara.
En el monitor apareció una leyenda: GAME OVER.



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