El Hombre/dios miró a su alrededor, hacia aquel horizonte vacío, lleno de nada y comenzó a caminar. Sintió la dulce brisa primaveral jugando con sus rizos y sonrió, pues se sentía como una suave caricia. Entonces anheló tener alguien a quien acariciar. Y decidió crear una mujer. Y caminaron juntos, en medio de tiernas sesiones de mimos, hasta que se aburrió y quiso conversar. Pero, ¿Cuánto se puede charlar con alguien que tiene apenas unos minutos de vida y ninguna experiencia propia? Entonces, como el tiempo era apenas uno de sus tantos juguetes, le creó un pasado. Un padre algo problemático, aunque de buen corazón, una madre celosa y metiche, un tío borracho (gran forjador de anécdotas). Y amigos, desde luego. Cada uno de ellos necesitaba un lugar para vivir, así que les dió casas. Y comercios, para cubrir sus necesidades básicas. Y estos comercios necesitaban empleados, así que también los creó, junto con sus familiares y amigos, para que al ir de compras se pudiera conversar con ellos.
Cuando quiso acordar, tenía una enorme ciudad a su alrededor.
Pero la ciudad, las amistades y su propia pareja lo asfixiaron. Haber perdido aquella vista de esos amplios y limpios horizontes y el poder disfrutarlos en el mas meditabundo de los silencios comenzó a agotarlo. Así que inventó el turismo. Creó un aeropuerto, repleto de aviones, turistas, empresarios y ancianos, cada cual con diferentes destinos. Y creó sus destinos, por supuesto. Y el suyo propio: una antigua ciudad en ruinas, ubicada al otro lado del mundo, con un pasado rico en leyendas, historias y vivencias que él mismo moldeó de la nada, mientras miraba una comedia estúpida durante el vuelo. No podía creer que había perdido el tiempo creando toda una industria del entretenimiento para terminar viendo una ridícula cinta donde dos ladrones intentaban sin éxito robar una joya. Quizás el problema fuera lo inverosímil de la premisa, ya que nunca había creado un ladrón. Pero el tiempo era su propia arcilla para modelar. Así que trajo a la realidad a toda una historia de crímenes, desde miles de años atrás en el tiempo, hasta aquel momento. Aunque la película, a decir verdad, no mejoró.
Tuvo unas buenas vacaciones, no podía negarlo. Aprendió historias de pueblos antiguos que segundos atrás ni siquiera habían existido. Pero hasta el más exótico de los paisajes puede aburrir cuando se convierte en rutina. Así que partió, buscando nuevos lugares. Recorrió verdes selvas y mágicos bosques que se sentían incluso más bellos de lo que los había imaginado. Desiertos y montañas que superaban la más ambiciosa de sus expectativas. Y viajando, una noche creó sin querer la nostalgia. Extrañó aquella primera ciudad que había creado. Y aquella mujer que la había recorrido a su lado. Y decidió volver.
La encontró casada, con tres hijos, un marido que la amaba, un perro y algún que otro año más que no hacía sino aumentar su belleza. Un combo devastador. Así que se alejó corriendo a toda velocidad, lo más lejos posible de aquel confuso sentimiento, mezcla de culpa, enojo, rencor y arrepentimiento. Había creado el despecho. Y entonces quiso algo que le permitiera superar aquel dolor inconmensurable. ¿Aceptación? Lo Intentó, haciendo que a lo largo de la historia del mundo, desde aquel distante pasado que él mismo había imaginado,, hasta aquella insoportable sucesión de momentos que aquellos a su alrededor llamaban con inocencia "presente", millones de personas experimentaran aquel nuevo sentimiento, pero fue inútil. No podía aceptar perderla. Sólo le quedaba el olvido. Pero, ¿Cómo olvidarla, si cada baldosa, cada edificio, cada persona, estaba allí, existía, gracias a ella? El mundo era su contexto. Así que borró a la gente de la existencia, con un leve pestañeo. Y los árboles, porque las manzanas le recordaban al perfume de su cabello. Borró los arcoiris, las ciudades, las flores y las mariposas. Borró el pasado y el futuro. Hasta que no quedó nada que le recordara a ella y al fin pudo olvidar.

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