15 de diciembre de 2018

El Saltarín



"I was born in a cross-fire hurricane,
and I howled at my ma' in the driving rain,
But it's all right now, in fact, it's a gas!,
But it's all right. I'm Jumpin' Jack Flash,
It's a gas! Gas! Gas!"

"Jumpin' Jack Flash", The Rolling Stones.


La primera manifestación de su poder llegó a él como una inyección de instinto de supervivencia. Estaba tranquilo y templado, dentro del útero, siendo acunado por el rítmico latido del corazón materno. Y de pronto todo su universo conocido comenzó a cambiar caóticamente: la música de aquellos latidos se aceleró, el líquido en el que flotaba plácidamente comenzó a escaparse hacia otra parte, por allí abajo, afuera escuchaba gritar de dolor a aquella voz que periódicamente le hablaba y cantaba canciones de cuna. Aquello era demasiado stress. ¡Necesitaba escapar! Pero ¿A dónde? Y entonces encontró una salida. No con sus ojos, porque estos estaban cerrados, sino con su mente. Había otro lugar allí adelante. Más tranquilo. Más confortable. Un lugar donde podía recuperar aquella felicidad que amenazaba con terminar en aquel instante.
Y saltó hacia allí.
Ahora se encontraba envuelto en ropa calentita. Ya no tenía aquel líquido tibio a su alrededor, pero tenía los brazos de su madre, sosteniéndolo en un abrazo protector. Y algo más. Tenía algo en su boca que le daba paz y saciedad. ¡Se estaba alimentando! Decidió dejar de pensar y relajarse. Dejarse llevar por el momento. Y volvió a estar en paz.
Aquella noche tuvo una nueva experiencia traumatica: Algo malo pasaba con su estómago. Podía sentir los dolores. ¿Qué era aquello? ¡Nunca se había sentido así! Con los ojos cerrados de dolor, mientras lloraba, volvió a ver una salida a aquella situación.
Y saltó hacia allí.
Continuó saltando hacia adelante cada vez que algo le hacía mal. Y luego empezó a hacerlo  cada vez que algo simplemente no le gustaba. Luego de algunos saltos se encontró en un extraño lugar, repleto de niños y niñas de su misma altura, no como aquellos gigantes protectores a quienes había dado el nombre de "Papá" y "Mamá". En sus recuerdos alcanzó a percibir que había sentido pánico de quedarse allí, entre extraños. Pero ahora se sentía mucho mejor, jugando y riendo con los otros niños. Y unos días después, cuando se cayó al piso mientras corría con sus amiguitos, volvió a saltar para escapar del dolor que le provocaba aquel raspón en la rodilla.
Los años pasaron, entre salto y salto, hasta que llegó a la adolescencia. En aquella época, tan particular, comprendió que sus saltos eran una habilidad única. Y como dicha habilidad le permitía ausentarse de su propia línea temporal en los momentos difíciles para volver aparecer en su próximo momento de felicidad, comenzó a explorarla con mayor esmero. Vivió su primer beso, sin tener que soportar las ansiedades, miedos e inseguridades que surgían antes de llegar al hecho en sí, por ejemplo. Y cuando aquella primera novia lo dejó, en lugar de dejarse llevar por la tristeza simplemente se dedicó a buscar en su propio futuro cuándo volvería a estar alegre. Y resultó que no fue mucho después, lo cual era significativamente interesante.
Su vida siguió. Una dorada sucesión de instantes rebalsando dicha. Momento feliz, tras momento feliz, tras momento feliz. Podía afirmar, sin temor a equivocarse, que él desconocía lo que era la depresión, ya que nunca estaba allí cuando ésta lo atacaba. Esto lo convirtió en un hombre confiado, seguro de sí mismo y también un tanto egoísta. Alguien que nunca debió sufrir la inseguridad de una entrevista de trabajo, el desamor de una pareja o la pérdida de un ser querido.
Definitivamente, la vida era buena para él.
Hasta el día en que la puerta de escape se cerró.
Todo comenzó, como de costumbre, con un instante de placer. ¡Aquel bar definitivamente tenía un café maravilloso! Lo paladeó, lo dejó bailar entre su lengua, disfrutando de su cálida caricia, su delicioso aroma y la suavidad de la espuma. Y entonces llegó Luis, su compañero de trabajo. Luis tenía la mala costumbre de contarle todas sus penas y frustraciones, cosa que lo aburría sobremanera. Así que mientras asentía automáticamente sin escucharlo, dio un último sorbo al pocillo y buscó en su cabeza la puerta de salida. Pero no la encontró. Sin dejar de sonreír por cortesía volvió a intentarlo, mientras Luis continuaba con su monólogo deprimente. Al repetirse el resultado negativo, comenzó a entrar en pánico. Su compañero notó el cambio en la expresión y le preguntó si se encontraba bien, pero él no lo escuchó. Estaba perdido en una nube de confusión como nunca había sentido en su vida.
¿Qué estaba sucediendo? ¿Por qué no podía abandonar aquel lugar? ¿Qué demonios estaba pasando? El contacto de la mano de Luis lo sacó de su estupor. Respiraba agitado, sudaba y su cuerpo temblaba como una hoja.
— ¿Qué te pasa? — Le preguntó su compañero, pero no supo qué responder. Buena parte de sus saltos de la adolescencia se habían debido a que cuando se decidía a contarle a alguien sobre su habilidad especial, nadie le creía y terminaban burlándose de él. Pero la confusión que sentía era tal, que decidió contarle.
  — ¿Qué quiere decir esto? ¿Que me estoy por morir, y por eso ya no hay más momentos felices en mi futuro? ¿O que voy a vivir el resto de mi vida sumergido en la depresión, como cualquier imbécil de los que están acá alrededor?—  Su amigo hizo caso omiso al ofensivo comentario. En su lugar, le respondió:
— Honestamente, no te creo. No creo que exista una fuerza capaz de hacernos saltar de momento feliz en momento feliz, como  si nuestra vida fuera una película aburrida que se puede adelantar hasta que pase algo interesante. Pero si vos sentís que así viviste, te juro que te compadezco. —  Y al ver que no le entendía, se explicó: — Sí, claro. Los momentos lindos de la vida son los mejores. ¡Seguro! ¡Hay que estar loco para discutirlo! Pero son momentos. No son la vida. ¿Entendés? Porque el premio no se disfruta plenamente si no hiciste algo por ganarlo. Y la felicidad, que es pasajera, es eso: un premio. ¿Todo lo malo que te pasó? ¿Cada momento de porquería que tuviste que soportar? ¡Esos son los desafíos! ¡Los obstáculos! Y cuando lograste superarlo, ahí llega la felicidad. ¿Entendés a lo que voy?
Pero él no lo entendió. Le faltaba perspectiva para hacerlo. Ya era tarde para aprender a vivir, se dijo a sí mismo. Ya tenía a la muerte a la vuelta de la esquina. ¡Si tan sólo hubiese tenido esta charla algunos años atrás! Quizás así hubiera podido entender de lo que hablaba su amigo.
Y entonces pudo percibir aquella leve sensación de una puerta al abrirse, en su cabeza. Una puerta distinta, de otro color. De un color que no era un color, porque tenía el color del pasado. La puerta se abrió de par en par.
Y saltó hacia allí. 
Volvió al café que recién había terminado. Y a la noche anterior en que su hija le había dado un dibujo. Y a su noche de bodas. Y así continuó saltando maratónicamente. Se detuvo cuando se sintió rodeado de un tibio líquido. Acunado por el rítmico latido de su madre. Y mientras aquel pequeño universo comenzaba a colapsar, se juró a sí mismo no evitar ninguna situación, fuese esta adversa o favorable. Porque de los errores (y del dolor) siempre puede aprenderse algo.
Fernando M. Roca.-
La Plata, 13/12/2018, 18:46 hs.

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