- ¿Te falta
mucho para salir? -, le pregunto Nadia, desde el teléfono.
Javier miró
la hora en el monitor de la computadora de su trabajo. Ya casi era hora de
irse.
- Salgo en
un rato. ¿Por qué tanto apuro?
- Se está
viniendo una tormenta tremenda. Y estoy viendo que te fuiste sin paraguas.
¡Maldición!
¡Su esposa tenía razón! Aunque, para ser justos, el tipo del noticiero no había
dicho nada de lluvias esa mañana. Casi podía recordarlo.
- ¡Ya apago
todo! – dijo, casi saltando de su silla ¡Ese del clima es un desastre, se
equivoca siempre!
- Bueno,
apurate, que te espero. Besitos. – Y colgó.
Javier
corrió hasta el ascensor, saludó apurado al empleado de seguridad y salió a la
vereda mirando al cielo. “Febo asoma, ya sus rayos iluminan con violencia tus
córneas”, cantó el viento. Un rayo de Sol lo cegó momentáneamente. Se quedó
absorto, sin entender nada. Estaba por llamar a Nadia, cuando ésta se le
anticipó.
- ¿Y? ¿Ya
saliste?, preguntó. Había auténtica preocupación en su voz, no podía ser una
broma.
- Estoy en
la vereda, amor. Pero acá hay un Sol grande como el Ancho de Oro. ¿Estás segura
de que va a llover?
Desde el
accidente, cada vez que un camión agarraba un bache, solía confundir el
estruendo con truenos. Era un trauma que le había quedado. El hecho de que su
casa quedara en la zona donde se encontraban la mayoría de los fletes,
mudadoras y expresos no ayudaba mucho a subsanar el asunto.
- Estoy
mirando por la ventana. ¡Hay unos nubarrones muy oscuros! ¡Y relámpagos! Son
cinco cuadras que tenés que caminar desde la estación. ¡No quiero que te mojes
como la otra vez!
A veces, en
situaciones como aquellas, Javier no sabía si Nadia era una esposa o la
estereotípica idishe mame. Y tampoco conseguía definir si esas actitudes le
molestaban o le daban ternura, posiblemente porque sentía ambas por igual. La
ambivalencia de los sentimientos.
Caminó
hasta la bajada del subte. Esperó unos cinco minutos hasta que llegó la
formación. Bajó justo a tiempo para conseguir subirse al tren que lo llevaba
hasta su barrio. En todo el trayecto, Nadia le dio al menos cinco
actualizaciones del estado del clima. El cielo se había puesto cada vez más
oscuro, los relámpagos refulgían cada vez más feroces, los truenos habían
comenzado a bramar como camiones en fuga.
Pero para
cuando salió de la estación, el astro rey seguía regalándole la luz de hacía
ocho minutos.
“¿Me estará
haciendo una broma?” Podía ser. Desde el accidente no había habido más bromas.
Podía decirse que había perdido el sentido del humor. Pero quizás esto era un
buen síntoma.
“¿Querrá
que llegue temprano porque quiere sexo?” También era probable. Desde el
accidente su vida sexual se había reducido a cero. Otro buen síntoma.
Con una
sonrisa en sus labios abrió la puerta de su casa. Y comprendió.
Desde el
accidente, cada vez que un camión agarraba un bache, Javier solía confundir el
estruendo con truenos. Era un trauma que le había quedado.
Desde el
accidente, no había habido más bromas. Javier había perdido el sentido del
humor.
Desde el
accidente, la vida sexual de Javier se había reducido a cero.
Desde el
accidente de tránsito que le había quitado a Nadia de su lado.
0 Opiniones:
Publicar un comentario