27 de febrero de 2016

La (otra) Tempestad



- ¿Te falta mucho para salir? -, le pregunto Nadia, desde el teléfono.
Javier miró la hora en el monitor de la computadora de su trabajo. Ya casi era hora de irse.
- Salgo en un rato. ¿Por qué tanto apuro?
- Se está viniendo una tormenta tremenda. Y estoy viendo que te fuiste sin paraguas.
¡Maldición! ¡Su esposa tenía razón! Aunque, para ser justos, el tipo del noticiero no había dicho nada de lluvias esa mañana. Casi podía recordarlo.
- ¡Ya apago todo! – dijo, casi saltando de su silla ¡Ese del clima es un desastre, se equivoca siempre!
- Bueno, apurate, que te espero. Besitos. – Y colgó.
Javier corrió hasta el ascensor, saludó apurado al empleado de seguridad y salió a la vereda mirando al cielo. “Febo asoma, ya sus rayos iluminan con violencia tus córneas”, cantó el viento. Un rayo de Sol lo cegó momentáneamente. Se quedó absorto, sin entender nada. Estaba por llamar a Nadia, cuando ésta se le anticipó.
- ¿Y? ¿Ya saliste?, preguntó. Había auténtica preocupación en su voz, no podía ser una broma.
- Estoy en la vereda, amor. Pero acá hay un Sol grande como el Ancho de Oro. ¿Estás segura de que va a llover?
Desde el accidente, cada vez que un camión agarraba un bache, solía confundir el estruendo con truenos. Era un trauma que le había quedado. El hecho de que su casa quedara en la zona donde se encontraban la mayoría de los fletes, mudadoras y expresos no ayudaba mucho a subsanar el asunto.
- Estoy mirando por la ventana. ¡Hay unos nubarrones muy oscuros! ¡Y relámpagos! Son cinco cuadras que tenés que caminar desde la estación. ¡No quiero que te mojes como la otra vez!
A veces, en situaciones como aquellas, Javier no sabía si Nadia era una esposa o la estereotípica idishe mame. Y tampoco conseguía definir si esas actitudes le molestaban o le daban ternura, posiblemente porque sentía ambas por igual. La ambivalencia de los sentimientos.
Caminó hasta la bajada del subte. Esperó unos cinco minutos hasta que llegó la formación. Bajó justo a tiempo para conseguir subirse al tren que lo llevaba hasta su barrio. En todo el trayecto, Nadia le dio al menos cinco actualizaciones del estado del clima. El cielo se había puesto cada vez más oscuro, los relámpagos refulgían cada vez más feroces, los truenos habían comenzado a bramar como camiones en fuga.
Pero para cuando salió de la estación, el astro rey seguía regalándole la luz de hacía ocho minutos.
“¿Me estará haciendo una broma?” Podía ser. Desde el accidente no había habido más bromas. Podía decirse que había perdido el sentido del humor. Pero quizás esto era un buen síntoma.
“¿Querrá que llegue temprano porque quiere sexo?” También era probable. Desde el accidente su vida sexual se había reducido a cero. Otro buen síntoma.
Con una sonrisa en sus labios abrió la puerta de su casa. Y comprendió.
Desde el accidente, cada vez que un camión agarraba un bache, Javier solía confundir el estruendo con truenos. Era un trauma que le había quedado.
Desde el accidente, no había habido más bromas. Javier había perdido el sentido del humor.
Desde el accidente, la vida sexual de Javier se había reducido a cero.

Desde el accidente de tránsito que le había quitado a Nadia de su lado.

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